¿Somos lo que comemos?

Hace unos meses Duarte pedía nuestra opinión sobre esta frase de Hipócrates que ya había sido tratada en otros blogs y estuve dándole vueltas una temporada para acabar dejándolo estar.

Pero hoy, viendo un anuncio de congelados, descubrí anonadado que el eslogan de la campaña publicitaria era ese somos lo que comemos. ¿Congelados? quedé preguntándome; no se si alguien querrá ser un congelado, como no sea Walt Disney… Pero me parece tan absurdo. ¿Somos lo que comemos?

Otro de los acontecimientos que me a hecho volver sobre el tema es la aparición de las pesadillas culinarias de la familia Bush como ironicamente titula Terry Kirby en un hilarante artículo en el británico The Independent donde descubre que tal y como come la primera familia americana es normal que se comporten como lo hacen. Demostrado, somos lo que comemos.

Por otro lado la UE nos avisa de que somos el tercer país con mayor porcentaje de niños obesos por culpa de las dietas pobres en nutrientes y altas en grasas y azúcares, así como la falta de ejercicio pues niños y adolescentes pasan gran parte de su tiempo frente al televisor, la pantalla de ordenador (no, no te desconectes todavía) o los vídeo-juegos en vez de hacer ejercicio. De nuevo, no se si somos lo que comemos.

Lo que tengo claro es que cada vez comemos peor y como consecuencia nuestra salud empeora en forma inversamente proporcional a nuestro índice de empanamiento.

Nopisto confundido.

Gamoneu del Puerto

gamoneu

Podríamos llamarlo “el queso del soborno”, porque tienes que sobornar al aldeano que te dice dónde preguntar para comprar un poco de queso, al del bar y luego convencer al pastor para que acceda a vendertelo.

La verdad es que, aunque aún hay alguna que otra quesería haciendo cantidades importantes de queso gamoneu (por ejemplo, la Quesería de la Vega de Ario), apenas hay pastores que sigan haciendo la versión fetén del queso. Y es que hay dos versiones de gamoneu. Por un lado, lo que se llama “Gamoneu del valle” y, por otra, el que hacen los pastores que se van con las cabras al puerto y que madura en cuevas naturales. A ese lo llamamos “Gamoneu del puerto” y, la verdad, es poco más que un concepto. Porque, símplemente, no hay quien lo encuentre en el mercado.

Así que, de excursión por este hermosísimo paraje, enmarcado por los Picos de Europa, logramos hacernos apenas con una porción de ese auténtico Gamoneu del Puerto con sus hongos rojos en la corteza, con su aroma avellanado en las zonas en que el penicillium ha logrado penetrar y aún tierno en el centro del queso.

A diferencia de otros quesos de la zona, también de gran fama, el Gamoneu es un queso de leche de cabra (el buen Cabrales suele ser el producto de leche de vaca, oveja y cabra) que no suele desarrollar totalmente el hongo y, por tanto, su interior es mayoritariamente blanco, aunque la zona próxima a la corteza (la del centro en la foto superior) sí que puede recordar a un queso azul.

Un queso excelente que, como es habitual en estos días, está a punto de desaparecer. Además, para que algo tan escaso estuviera acompañado de un vino aún más escaso, lo acompañamos con un La Ferme de La Sansonniere Rose d’un Jour 2004 (Mark Angeli) francamente delicioso.

pisto

Los polvorones de La Fé

polvorones

Llega la navidad y, con ella, los dulces navideños. No es que seamos unos grandes consumidores de estos productos pero, de vez en cuando, uno se tropieza con un pequeño obrador capaz de transformar lo que ya es un producto industrial en un prodigio artesanal. En una pequeña ciudad del norte de origen romano, hay un pequeño (en tamaño) y enorme (en calidad) pastelero llamado Salvador, que lleva lustros oficiando excepcionales milhojas, grandiosos piononos y manejando el chocolate con auténtica maestría.

Hoy traemos al blog uno de sus productos estrella: Los polvorones de La Fé (el nombre de la pastelería). Suaves, con auténtico sabor a almendra de la más alta calidad, en su punto justo de horneado (ni uno sólo tiene ese horroroso sabor amargo de los polvorones demasiado cocidos) y del tamaño justo. Dos bocados. Envueltos, además, a mano, es una delicia que se vende a 20 euros el kilo.

Su despacho está en la calle Asturias, 14 (Gijón), y su teléfono es el 985341768, aunque ignoro si venden por teléfono. Sería una lástima, la verdad.

pisto

Rodaballo al horno

Rodaballo

Sipisto es ese borde que aparece de vez en cuando en los comentarios que hay debajo de los posts y que a pesar de las apariencias en el fondo tiene buena disposición.

Pues bien, el otro día me propuso buscar un rodaballo de dimensiones monstruosas para cocinarlo en su casa, yo ponía el bicho y él la casa y el vino. Y con el espíritu deportivo que me caracteriza recogí el guante que tan sibilinamente me arrojaba y salí disparado a Ernesto Prieto en busca del mayor ejemplar disponible del rey de los mares.

No tuve demasiada suerte ya que las piezas que tenían eran de unos 1,2 Kg, que es una cantidad suficiente para cuatro personas, pero no la monstruosidad que buscaba. Por lo menos no eran un insulsos ejemplares de piscifactoría. Eso si me emplazaron a encargarlo de antemano para la próxima ocasión.

Ya en casa de Sipisto hicimos unas patatas panadera confitando estas en la sartén para luego hacer una cama en la bandeja del horno disponiendo encima el rodaballo con la parte oscura para abajo y metiendo en el horno a 200ºC.

Por otro lado, en una sartén aparte, freimos unos cuantos ajos con guindilla a los que fuera del fuego añadimos pimentón y vinagre, que incorporamos al rodaballo unos cinco minutos antes de que finalizase la cocción, habíamos calculado media hora por cada kilogramo que pesase el animal.

Una vez trascurrido este tiempo sacamos el rodaballo y recojimos todos los jugos en la sartén para reducirlos al fuego y añadírselos de nuevo al rodaballo, aportándo un contrapunto sabroso a las magras carnes y sus gelatinosas extremidades.

ya en la mesa Sipisto cumplió lo prometido y se sacó de la chistera dos Chassagne-Montrachet de Ramonet 96 y 99 respectivamente que hicieron los honores como dos campeones, mientras que Sipisto y yo discutímos por los lomos de la parte oscura, la más sabrosa; para terminar salomonicamente repartiéndonos el rodaballo de manera trasversal en vez de longitudinal.

Nopisto

Garbanzos con butifarra y pimientos asados

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Desde que en setiembre desayunamos en el Pinotxo de la Boquería unos garbanzos con butifarra tenía yo ganas de hacer algo con estos ingredientes. Así que aprovechando que ayer podía almorzar en casa aunque no disponía de demasiado tiempo, me puse manos a la obra. Tomé un bote de garbanzos castellanos ya cocidos (es difícil encontrar conserva de garbanzo castellano, aunque alguna marca existe) y una butifarra negra de Can Pistraques. Pelé la butifarra, la corté en rodajas y la mitad de las rodajas las pasé por la sartén dejando que se tostaran y quedaran crujientitas, momento en que las aplasté con la cuchara de madera y añadí los garbanzos escurridos (aunque estos no tenían mucho que escurrir). Sin dejar de remover, añadí el resto de rodajas de butifarra y dejé que se fueran deshaciendo con el calor. En el último segundo, añadí medio bote de pimientos asados Hida con tomate y AOVE y, en cuanto tomaron temperatura, los serví. Lo acompañamos con un resto de La Reserve de Leoville Barton 1999 que habíamos abierto el domingo, aunque me gusta más el maridaje con espumoso del Pinotxo. A ser posible de Reims o alrededores ;-)

Ah, sí, el resultado final:

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