Categoría: Miticultura

Burdeos: Fiebre 2005

por pisto Email

En octubre de 2004, Robert Parker publicó una columna en el semanario la revista Food and Wine, en la que realizó doce predicciones sobre el futuro a medio plazo del panorama vinícola mundial. Pues bien, la tercera de esas predicciones, titulada "World bidding wars will begin for top wines" rezaba así:

La competencia por obtener los mejores vinos del mundo crecerá exponencialmente y los vinos de producción más limitada serán cada vez más caros y más difíciles de conseguir. El mayor interés por el buen vino en Asia, Sudamérica y Europa Central y del Este, así como Rusia, incrementarán aún más esta tendencia. Habrá auténticas batallas en las casas de subastas por los vinos más admirados y, no importa cuán desproporcionados nos parezcan hoy sus precios, representan sólo una fracción de lo que serán en el futuro. Si los estadounidenses se escandalizan cuando el precio de un gran Burdeos (USD 4000 la caja de 12 botellas), dentro de diez años una caja de una gran añada de un gran Burdeos costará más de USD 10.000... por lo menos. El razonamiento es simple. La oferta de estos grandes vinos es limitada, y la demanda se multiplicará por diez.

Apenas año y medio después, la profecía está a punto de cumplirse. El alborozo de los bordeleses ante las magníficas condiciones climatológicas de la cosecha 2005 se ha visto confirmada tras las degustaciones realizadas en primeur el pasado mes de abril (aquíse pueden consultar gratuítamente todas las notas de cata y puntuaciones de algunos de los más conocidos críticos).

Los negociants (mayoristas que tienen el privilegio de comprar el vino a las bodegas) han puesto la maquinaria publicitaria a funcionar y los vinos, aún con la crianza en barrica en sus inicios han empezado a salir al mercado en "versión futuro" (pagas hoy y recibes el vino en 2008). A fecha de hoy, 21 de junio de 2006, el incremento promedio del precio es de un 70% sobre los precios de 2004 y los vinos mejor calificados (y otros que no tanto) han multiplicado sus precios hasta por tres (Cos d'Estournel 2005 ha salido al mercado al triple del precio que el 2000) o por dos (La Mondotte a 304 euros por botella, Pavie a 270 euros, Pape Clement a 126 euros...). Se pueden consultar los precios de los vinos que van siendo ofertados día a día en la página de Bordoverview, aunque los bordófilos deberán hacerlo mientras están sentados.

Mientras tanto, en el foro de eRobertparker, hay un hilo en el que se han posteado más de 1.400 mensajes y que ha recibido más de 45.000 lecturas. En él se debate sobre la locura de estos precios y la traición que suponen a los bordófilos de siempre. Hay quien vaticina que la burbuja se desinflará y hay quien dice que si no te gusta el precio nadie te obliga a comprar. Como se vé, hay opiniones y posturas para todos los gustos.

Lo que está claro es que los grandes vinos ya no cotizan en el mercado como alimentos, o por su capacidad de provocar placer a los más hedonistas. Hoy en día, los grandes Burdeos de grandes añadas son objeto de inversión por parte de fondos financieros que compran con la expectativa de su revalorización futura a niveles superiores a los de las alternativas de inversión en los mercados "tradicionales". Nada nuevo, los franceses en tiempos no muy lejanos compraban un par de cajas de estos vinos con la idea de vender una de ellas para financiar la posibilidad de beber la otra. Al fin y al cabo, para que los precios de los Burdeos del 2005 nos parezcan baratos, lo único que hace falta es otra grandísima cosecha en los próximos cinco años. De hecho, esta misma situación la vivimos hace cinco años con la añada 2000 y hoy los precios del 2000 nos parecen baratos teniendo en cuenta lo que nos piden por los 2005. Y, de hecho, las bodegas son conscientes de que una gran cosecha ayuda, y mucho, a vender las anteriores porque los precios parecen más razonables al cambiar el precio de referencia.

Por cierto, el que no tenga 5000 euros para comprar una caja de Latour 2005 debería visitar este enlace. Si la bodega pone al servicio del vino la misma creatividad que al servicio de su política de comunicación, el éxito está asegurado.

pisto

1976 -2006: El Juicio de París

por pisto Email

Ayer (24 de mayo) se cumplieron treinta años del Juicio de París, un evento organizado por Steven Spurrier para comparar la calidad relativa de los vinos franceses y los californianos. Spurrier, un joven británico dueño de una tienda de vinos en París, se dedicaba a satisfacer las necesidades de sus compatriotas, poco sospechosos por aquel entonces de preferir los vinos del nuevo mundo. Así que, aunque en aquel evento del 24 de mayo de 1976 las comparaciones fueran realizadas mediante una cata doble-ciega (los catadores no sabían que vinos se iban a catar ni veían las botellas durante el servicio), parecía claro que se esperaba una victoria de los vinos franceses.

Cuando unas horas más tarde se sumaron las cartulinas de puntuación de todos los jueces invitados, un sentimiento de sorpresa se adueñó de los presentes). En la categoría de vinos blancos, en la que se había enfrentado a chardonnays de Borgoña y de California había arrojado como mejor vino al californiano Chateau Montelena 1973, colocando a tres californianos entre los cinco primeros.

Y cuando se sumaron las cartulinas para los vinos tintos, que enfrentaban a cabernets de California con las más ilustres propiedades bordelesas, la sorpresa se tornó pánico. Los jueces, de forma colegiada, habían preferido un Stags Leap Wine Cellars 1973 por encima de Haut Brion 1970, Montrose 1970, Mouton-Rothschild 1970 o Leoville Las Cases 1970.

Cuenta la prensa que algunos de los jueces participantes en el evento intentaron recuperar sus cartulinas de puntuación (sin lograrlo), quizá un poco decepcionados con su propia capacidad de distinguir las cualidades de los vinos-de-siempre de aquellos recién-llegados.

En aquél entonces no existía internet y la difusión de las noticias era más lenta que hoy en día. Hubo que esperar hasta el 7 de junio para que la revista TIME publicara unos escuetos cuatro párrafos sobre el evento.

Han pasado treinta años desde aquel 24 de mayo de 1976, se ha escrito un libro sobre el evento, y el panorama vinícola ha cambiado muchísimo. Hoy se hacen vinos magníficos en muchos lugares del mundo, y los vinos franceses, españoles e italianos tienen que competir en condiciones cada vez más duras con la competencia de países como Chile o Australia, algo impensable en 1976. Los bordeleses cada vez tienen más problemas para vender sus vinos de gama media y baja (que son el 95% del vino bordelés), aunque los grandes nombres no tienen problema alguno y siguen cotizando entre los vinos más caros del mundo.

Pero hay cosas que no han cambiado tanto. Ayer mismo se re-editó la cata del juicio de París con los mismos vinos tintos de 1976. Y, ¿saben qué pasó? Pues que de los diez vinos a concurso, los cinco primeros han sido californianos. La cata se realizó simultáneamente en Londres y California, y las sumas de las puntuaciones de los jueces de ambas catas han arrojado vencedor al Ridge Montebello 1971, el vino que Paul Draper hace siguiendo el modelo bordelés (cabernet y merlot) en California. Hay que esperar al sexto puesto en el ranking para encontrar el primer vino francés (Mouton-Rothschild 1970).

Quienes acusaban a Steven Spurrier de manipular los resultados del primer juicio de París, tendrán ahora que callar. Eso sí, Spurrier ha tenido que esperar 30 años para que una segunda cata le diera la razón.

Más información:

The story behind the story that made wine history
The Re-Judgment Of Paris Results In California Landslide
Thirty years after a shock defeat, French wines lose again to Californians in the great taste test

pisto

Tribulaciones por Burdeos... (9)

por pisto Email

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Estábamos en Cheval Blanc, adonde habiamos llegado con un cierto retraso y, tras visitar la propiedad y catar el Grand Vin del 2001, nos largamos en pos de La Conseillante. La primera sorpresa llega cuando, al minuto de entrar en el parking de gravilla frente a la entrada principal de la propiedad, vemos salir a un tipo mayor, elegantemente ataviado al estilo inglés (gorra, chaqueta de buen paño y bufanda Burberry's) que se dirige directamente hacia nosotros.

El tipo resulta ser el mayor de la saga Nicolás, propietarios de la bodega. Nos da una cordial bienvenida y tras él aparecen su hijo, de mediana edad, y su nieto, aún imberbe.
Comienzan a explicarnos las peculiaridades de sus doce hectáreas de terreno, a medio camino entre el suelo arcilloso de Petrus y el de grava de Cheval Blanc. Nos muestran la sala de depósitos de acero inoxidable y nos indican cómo hacen una primera selección de racimos en las cajas de vendimia y una segunda de granos a cargo de diez personas.

En La Conseillante no se preocuparon tanto de mostrarnos la bodega como de darnos a probar sus vinos. Tuvimos la fortuna de probar dos añadas separadas por unos cuantos años de diferencia:

La Conseillante 2003: rojo cereza de capa media, nariz inicial a violetas, pimienta, fruta madura limpia, se abre a tabaco fino, cedro. Una nariz muy limpia. En boca los taninos son finos, sedosos, muestra un excelente equilibrio y un final estupendo a nuez moscada.

La Conseillante 1998: rojo cereza de capa media con ribete cereza. Inicialmente intenso, elegante, con notas de reducción (animales) flores secas en bouquet, especiados (pimienta) fruta roja madura en sazón y ahumados (carne ahumada). Boca con taninos resueltos, excelente acidez que limpia la boca. En el postgusto se agarran un poco los taninos.

Sinceramente, se trataba de uno de los mejores merlots que habíamos probado nunca. Tremendamente complejo, especiado, elegante. Un verdadero vino de ensueño, si bien en una clave un poco más rústica que los vinos de Pauillac.

Eran poco más de las once y no teníamos nuestra siguiente visita planeada hasta las tres de la tarde, así que nos dirigimos a Saint Emilion, pueblucu que ostenta el rango de Patrimonio de la Humanidad, a darnos una vuelta y comer. Lo primero que tuvimos que hacer, eso sí, es buscar un lugar para tomar un café, pues nuestra traductora tenía una necesidad imperiosa que satisfacer.

La meada nos vino a salir por unos 10 euros, más o menos lo habitual en Francia por cuatro cafés. Ya que nos iban a sablear, aprovechamos todos para pasar por los servicios, aunque alguno –que supera la talla estándar (en altura, se entiende)- tuvo que mear desde más allá de la puerta.

Llama la atención Saint Emilion por la cantidad de tiendas de vino, pues en todo el Medoc no hay demasiadas que digamos. Entramos en una, bien surtida y con precios razonables, donde entablamos conversación con su propietario. Mis dos acompañantes le pidieron información sobre la posibilidad de enviar vinos a España y el tipo desapareció en el sótano para regresar con un listado.

Buscamos un sitio para comer y encontramos un lugar pintoresco, bastante centrado en el vino, donde terminamos con la gazuza con un buen menú a 15 euros acompañado de una botelluca de vino. Como aún nos sobraba tiempo tras la comida, y visto que no habíamos logrado visitar Petrus, nos dio por coger los coches e ir hacia la propiedad, aunque sólo fuera por hacernos una foto. Gastón se fue con Martine mientras Ricard y yo nos íbamos juntos. La kamikaze francesa enseguida nos despistó, así que nos pusimos a buscar Petrus como locos. No fue fácil. Dimos un buen montón de vueltas y, cuando pensábamos que ya lo habíamos encontrado, resultó ser La Fleur Petrus. Vuelta al coche y, de nuevo, a perdernos por las carreteras comarcales de Pomerol y Saint Emilion.

Cuando ya lo dábamos por perdido, paramos en un caserón casi en ruinas y le preguntamos a un albañil que estaba levantando una pared. Ricard puso voz de nenuco y dijo: “¿dondé está petgúss?”, a lo que el albañil respondió: “Icí”. Cojones, estábamos delante de Petrus. En realidad detrás, así que aparcamos en una zona reservada aunque desierta y nos hicimos unas fotos en las viñas y con la chabola al fondo. Varias cosas sorprenden de la propiedad. Lo primero, la chabola, realmente indigna de los precios que se pagan por el vino. Lo segundo, el grosor de las cepas, como muslos. Y, en tercer lugar, que aquello es un barrizal que, a las dos y media de la tarde de un día soleado estaba bastante encharcado.

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Montamos en el coche y llamamos a Gastón que, por cierto, estaba bastante desesperado con la conducción de Martine, aparte de perdido en las mismas comarcales en las que estábamos nosotros. ¿Se imaginan un vodevil? Pues eso éramos nosotros, dos coches de un lado a otro, unos buscando Petrus y otros Angelus.

Nuestra gran fortuna fue que, cuando ya estábamos a punto de vencernos, nos detuvimos en una intersección donde estaba trabajando una máquina excavadora. Ricard volvió a poner voz de nenuco y le preguntó: “¿Cható Anyeluuuu, silvuplé?”. El tipo se baja de la excavadora y cuando pensábamos que nos iba a dar de hostias reconvenir por destrozar el idioma, se pone a darnos todo tipo de explicaciones. Que si primero a gauche, que si luego a droite, que si un semáforo, que si un árbol. Solo-í faltó hacenos un mapa.

En un pis-pas, nos pusimos en Angelus...

pisto

Capítulos anteriores:
Capítulo 1: El viaje
Capítulo 2: Lafite Rothschild
Capítulo 3: Chateau Latour
Capítulo 4: Mouton Rothschild
Capítulo 5: Cos d'Estournel
Capítulo 6: Leoville Barton
Capítulo 7: Chateau Margaux
Capítulo 8: Chateau Cheval Blanc

Tribulaciones por Burdeos... (8)

por pisto Email

Día Cuatro: Cheval Blanc, La Conseillante, Angelus.

Nos habíamos acostado a eso de las 12:30, y como nuestra traductora unilingüe nos había dicho que el camino desde Pauillac hasta Saint Emilion era largo, nos pusimos en pié antes que el sol, a eso de las seis y media, y poco más allá de las siete estábamos en el fumadero de opio sobre ruedas camino de Cheval Blanc. No contábamos, claro está, con 90 kilómetros de atasco casi continuo. Terminamos llegando a Cheval Blanc con casi media hora de retraso sobre la hora concertada para nuestra primera visita. Y eso que en Cheval Blanc nos habían rogado puntualidad encarecidamente. En fin. Tras pedir disculpas, nuestra rechoncha guía nos dice que no nos preocupemos, que ya contaba con nuestro retraso teniendo en cuenta que éramos españoles. Escabroso comentario en el original ha sido omitido para evitar problemas legales.

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En las escaleras de acceso a la bodega, mientras tomábamos las primeras fotos, tuvimos la fortuna de tropezarnos con Lurton, el individuo a cargo de la vinificación del vino. Nuestra guía nos muestra el viñedo que rodea la bodega y nos indica las diferentes propiedades que se divisan enfrente. La Conseillante justo enfrente, Petrus un poco a la derecha sobre una plataforma de barro.

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Una vez terminada la clase de micro-geografía, nos adentramos en la bodega donde comprobamos que en Cheval Blanc son bastante tradicionalistas, pues siguen usando depósitos de cemento recubiertos de resina, muy del estilo de los que habíamos visto en Cos d’Estournel. El parque de barricas está muy ordenado y bastante limpio y, allí mismo, nos sirve una copa de Cheval Blanc 2001.

Cheval Blanc 2001: inicialmente muy floral y un poco alcohólico. Fruta negra muy madura, profundo y mineral, equilibrado pero no demasiado intenso. Boca de ensueño, dulce, buena acidez, final ligeramente amargoso pero muy aterciopelado. 88 puntos y la sensación de que habría estado mucho mejor con cuatro o cinco grados más.

En efecto, en Saint Emilion hacía un frío de cojones a las diez de la mañana de aquel miércoles de febrero. Subimos a una terraza que tienen sobre la sala de barricas, desde donde había una visión bucólica de los viñedos entre la neblina matinal, pero donde el frío de cojones se convertía en un frío de tres pares de los mismos. Aprovechamos para hacer unas fotos y para recoger las babas que Gastón iba dejando tras nuestra anfitriona. Hay gustos que…

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Como vimos que no nos iban a sacar más añadas, ni siquiera algo de pinchar (que aprendan de los riojanos, que sacan un cachu queso o unas rodajas de chorizo), nos largamos en pos de La Conseillante.

Capítulos anteriores:
Capítulo 1: El viaje
Capítulo 2: Lafite Rothschild
Capítulo 3: Chateau Latour
Capítulo 4: Mouton Rothschild
Capítulo 5: Cos d'Estournel
Capítulo 6: Leoville Barton
Capítulo 7: Chateau Margaux

Un paseo por Valdespino

por nopisto Email

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Durante la cata de Fino Inocente a la que asistimos hace unos meses, Eduardo Ojeda, su enólogo, fué tan amable (o ingenuo) de ofrecerse a enseñarnos la bodega si alguna vez pasábamos por Jerez. Y como nosotros somos de los que tomamos la palabra allí nos presentamos ávidos de conocer todas las historias de la flor y las soleras de las que tanto habíamos leido.

macharnudo Situada a los piés del famoso Pago Macharnudo la nueva bodega del Grupo Estévez carece del encanto de las tradicionales catedrales del vino jerezanas, pero por el contrario tiene una estructura más lógica y práctica.

Tras enseñarnos las areas de prensado, fermentación y estabilización pasamos a la zona que nos interesaba, la de las soleras. Lo que siguió fué una de las experiencias más totales que hayamos tenido jamás visitando una bodega. Al entrar el tiempo se paró, una agradable música sonaba de vez en cuando mientras empezábamos nuestro recorrido por el mosto recién fermentedo (sobretablas) flor e íbamos recorriendo (y catando) las sucesivas criaderas del vino procedente de Machanudo hasta llegar a la 9ª criadera que es lo que conocemos como Fino Inocente o Amontillado Tio Diego (división que se hace en la antepenúltima criadera) y comprobando como se puede llevar el proceso de crianza biológica (bajo una capa de levaduras llamada velo de flor) hasta sus últimos extremos consiguiendo ese prodigio de complejidad que es el Fino Inocente.

A pesar de estar impresionados no estábamos dispuestos a marcharnos sin probar el verdadero orgullo de la bodega que son las reliquias. Empezando por el colosal, complejísimo y elegante amontillado Coliseo (procedente de soleras de manzanilla) para pasar después al original Palo Cortado Cardenal culminando con el Oloroso Solera de su Majestad. Casi exhaustos no podíamos irnos sin acabar con un dulce. El PX Niños tenía unos impresionantes aromas yodados y una marcada acidez que le proporcionaba una largura infinita.

toneles Pero lo mejor estaba por llegar, tras haber probado todo lo imaginable nos esperaba una sorpresa, el mítico Moscatel Toneles, cuya comercialización está prohibida por algo tan absurdo como tener poco grado alcohólico, era un vino orgásmico, de impresionante acidez y apabullante densidad (parecía chocolate fundido) y unos aromas a piel de naranja amarga que le proporciona una refresacante acidez cítrica convirtiéndolo en un delicioso bonbón. Brutal.

Tras esto solo nos quedó despedirnos eternamente agradecidos y salir anonadados a la realidad tomando unas tapas por Jerez.

Nopisto

La Ferme de la Sansonniere

por pisto Email

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Dos veces he tenido la suerte de compartir un rato con Mark Angeli, el alma tras el antiguo Domaine de la Sansonniere, hoy re-denominado La Ferme de la Sansonniere. Este corso orgulloso de su espíritu rebelde tiene, en sus parcelas de Thouarcé, algo más que su modo de vida. Tiene todo un proyecto vital.

Estudiante de química reconvertido en cantero y luego en viticultor, compró en 1990 una parcela relativamente pequeña (unas 8 hectáreas) en pleno corazón de la minúscula D.O. Bonnezeaux, famosa por sus vinos dulces realizados a partir de la variedad chenin blanc atacada por la botritys. Y, desde entonces, ha estado mejorando sus fincas en busca del mejor vino.

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En la foto se pueden apreciar, en primer plano, los viñedos de La Lune, el vino blanco más asequible de la propiedad, y que es habitual en establecimientos prestigiosos como Lavinia. Ojo, que asequible no quiere decir malo. Nótese que, al fondo de la foto se encuentran las viñas a partir de las cuales se hace el mejor vino de la propiedad, "Les Vignes Françaises en foule", una plantación experimental con una densidad de, pásmense, 40.000 plantas por hectárea (por comparar, el número promedio de plantas por hectárea en Ribera del Duero anda por las 2500, y la densidad de La Lune es de 8.000). Tal es la densidad que las plantas, sin portainjertos, tienen que profundizar decenas de metros hasta que encuentran alimento y, aún así, el rendimiento es de 15 hectolitros por hectárea, cuando el rendimiento promedio en la zona es más del triple. El resultado es que algunas cepas no llegan ni a dar un racimo. Y que el vino es estratosférico, aunque lo tiene verdadero merito es encontrar una de las escasísimas botellas (no llega a dos barricas!!!) del Blanderies en foule.

En la foto del encabezado vemos las prensas tradicionales que aún se usan en el Domaine, cuya zona de elaboración tiene el tamaño de la salita de estar de mi casa. Cinco depósitos, el más grande para La Lune, un poco menor para Les Fouchardes, un poco menor para el Vielles Vignes, aún más diminuto para el Vignes Françaises y del tamaño de un barreño para el Vignes Françaises en foule. Para finalizar, un concentradísimo Bonnezeaux y un delicioso rosado que, año tras año, es descalificado por el comité de cata de la A.O.C. Rosé d'Anjou y que Mark Angeli embotella como Vin de Table bajo el nombre "Rose d'un Jour". Nos contó Mark Angeli la historia del vino. Después de experimentar con una variedad tinta (grolleau gris) muy usada en la zona para los rosados de la citada A.O.C., probó a dejarlos en la cepa hasta que la botritys lo atacó. Lo prensó y lo dejó fermentar y, aunque sorprendido, lo embotelló. Unos meses después, un paisano de la zona lo probó en la bodega y le dijo que era exactamente igual que los vinos que se hacían antes de la guerra (la Segunda Guerra Mundial). Suficiente argumento para este loco de lo auténtico que, a pesar de ello, ya ha desistido de embotellar bajo la etiqueta oficial. El vino del año 2004, a pesar de que le habían prometido darle el visto bueno, al final se lo denegaron, cuando ya tenía las etiquetas en la bodega. Así que... nunca más (o eso dice él).

Desde hace un par de años, consciente de la necesidad de equilibrio en el viñedo que es inherente a la biodinámica (no, no vimos cuernos de vaca por allí), ha instalado panales de abejas, árboles frutales (manzanos) e incluso ha arrancado viñas de cuya producción no estaba orgulloso para mejorar, en la medida de lo posible, sus ya magníficos vinos.

Así que, no lo olviden, si se les presenta en el camino uno de sus vinos, no lo duden. Es, además, de una regularidad pasmosa, como si las inclemencias del tiempo en una zona tan al norte no le afectaran.

pisto

Tribulaciones por Burdeos... (7)

por pisto Email

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Hace ya bastante tiempo que no continua la saga de los tres españoles por Burdeos, pero no crean que nos hemos olvidado. El último episodio nos había dejado en Le Lion d'Or después de visitar Chateau Leoville-Barton. Sigamos...

En pleno proceso de fermentación pre-aerofágica y, tras abandonar Le Lion d'Or, cogemos el coche y, en vez de ir a dar una siesta, nos vamos para Chateau Margaux. No hay como tener prisa para no encontrar tu destino (en este caso, las viñas de Chateau Margaux) . Menuda choza, cagonfrós. Y además, parece que viven allí. Como para vivir en otra parte. Nos recibe una muchacha rubia y con estilo que nos muestra un Chateau tradicional pero al mismo tiempo limpísimo.

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Tienen su propia tonelería, muy pintoresca, y una sala de catas que parece un pasillo del Palacio de Versalles, con los ventanales dando una luz magnífica. Ahí fue donde descubrimos que existe un mito…. El Mito Chateau – Margaux. Nos sirvió dos vinos del 2001, un segundo vino llamado Pavillon Rouge que yo pensé era el Grand Vin de bueno y profundo que estaba. Cuando llegué al Grand Vin descubrí que éste es al vino lo que Gardel es al tango. Precisión, claridad, pasión.

Sinceramente, el vino se encuentra un poco por encima de Latour 2002, aunque lo podríamos dejar en un honroso empate técnico. Fuimos incapaces de tragar aquella maravilla. Sinceramente fantástico. ¡Si nos hubieran visto agacharnos en la escupidera tratando de dejar escapar lo menos posible y al mismo tiempo no parecer unos paletos traga-vinos!

Pavillon Rouge de Chateau Margaux 2001: Rojo cereza de capa media. Inicialmente elegante, un poco alcohólico, fruta roja madura, caramelo, tofee, levemente vegetal pero en clave agradable, cuero nuevo, boca carnoso, sedoso, tanino fino y firme….

Chateau Margaux 2001: Rojo cereza de capa media. Fruta roja en sazón, limpísima. No pude tomar más notas. Me quede extasiado. No era momento de escribir sino de disfrutar.

Intentamos que la rubia nos diera a probar un Pavillon Blanc que tenían sobre la mesa, junto a un montón de botellas más, pero no hubo manera. Creo que habría sido más fácil tener acceso carnal con ella que probar el Pavillon Blanc. Claro que por probar no pasaba nada. Salimos y nos hicimos unas fotos delante de la caseta del perro (la que se puede apreciar en la primera foto de la anotación) y nos vamos a Burdeos, a un negociant que conocía Gastón y que, según él, nos iba a dar a probar un montón de vinos.

Nuevo atasco en La Rocade y para cuando llegamos a la zona de les quais (los muelles) ya son casi las cinco y media. Nos dirigimos al negociant, cuya entrada no te hace sospechar, ni de lejos, que allí se pueda guardar tantísimo tesoro apilado, caja sobre caja hasta alturas increíbles. Acojona Asusta ver las cajas de Petrus, Lafite o Haut-Brion apiladas de cualquier manera. Habría millones de botellas allí mismo, que tratan con un total desapasionamiento. Es decir, que venden vino como podrían vender calcetines si estos fueran un objeto escaso con el que se puede especular y, por tanto, ganar pasta.

A mi (inteligente por otra parte) comentario de que en aquellos almacenes había mucha felicidad, pues no en vano todo aquel gran vino podía hacer feliz a mucha gente, no supo que responder. Para nuestro guía no era más que una mercadería susceptible de cambiar de manos muchas veces generando márgenes en cada transacción. Tristísimo desde el punto de vista de un enochalao.

Dicho esto, uno se puede hacer a la idea de que no nos abrieron ni una botella y que nos despidieron muy amablemente, dejándonos al otro lado de la puerta acorazada que franquea el acceso al lugar.

Eran las seis y media y las tiendas estaban a punto de cerrar. Dimos una vueltuca por el centro y nos cenamos una formule en una Brasserie del centro-centro de Burdeos. Todo ello regado con una mierda de vino tinto por 30 euros. Vuelta a Pauillac a donde llegamos hora y media más tarde, a eso de las 12:30 de la noche. Al día siguiente toca madrugar, así que nos fuimos directamente para la cama.

Capítulos anteriores:
Capítulo 1: El viaje
Capítulo 2: Lafite Rothschild
Capítulo 3: Chateau Latour
Capítulo 4: Mouton Rothschild
Capítulo 5: Cos d'Estournel
Capítulo 6: Leoville Barton

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