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"Comer sano es caro...
... y la gente prefiere gastar en ocio que en comida".
Esta frase de Michel Montignac me ha llamado la atención en el artículo del diario El País de hoy. Sin entrar a valorar las virtudes y defectos del modelo dietético que le ha hecho rico y próspero (18,5 millones de libros vendidos sobre el mismo), es el aspecto de comer sano de lo que va esta anotación.
Y es que, hace cien años, se podía identificar fácilmente a un ciudadano próspero de uno humilde no sólo por sus vestimentas o el cuidado de sus manos y sus cabellos, sino también porque el próspero tendría unas buenas reservas de grasa mientras el humilde sería mucho más magro y enjuto. La situación, hoy, no podría ser más distinta. Probablemente el rico (perdonen el maniqueismo) tendrá una alimentación mucho más saludable basada en grasas de calidad, pescados y verduras mientras el pobre se alimentará de hidratos de carbono de alto contenido en azúcares rápidos y platos precocinados.
Comer sano es caro. Es caro el pescado e incluso los pescados antaño baratos hoy no lo son tanto por su escasez. Son caras las verduras, salvo que uno tenga la fortuna de vivir a la vera de la huerta y pueda comprar directamente al granjero. Son carísimas las hortalizas con el tomate como abanderado (¡como si el problema fuera sólo el precio!) y las leguminosas en fresco (como las judias verdes y los guisantes).
Pero a esta carestía monetaria, se une la escasez de tiempo. La bandeja de lasaña por cuatro euros que da para una familia, no sólo es más barato que comprar guisantes para esa misma familia (que, en fresco, costaría el triple) sino que los que más horas curran para sacar adelante la familia, son también los que menos horas pueden dedicar a la cocina y al cuidado de los suyos.
A todo esto, se añade el hecho de que los hábitos alimenticios son, como su propio nombre indica, hábitos y, por tanto, difíciles de cambiar. Y difícil es convencer a quien considera que las patatas precortadas, prefritas y precongeladas son "la guarnición" que el lunes debe comer verduras al vapor, el martes una ensalada verde, el miércoles unas lentejas cocidas en vinagreta, eso sin contar con que la factura es radicalmente distinta, aunque sólo estemos hablando de guarniciones y ni siquiera del ingrediente principal.
Aquí es donde las autoridades deberían tomar medidas. Las verduras son baratas en origen, son los intermediarios los que multiplican sus precios hasta llegar al consumidor final. No estamos a favor del intervencionismo, pero si de la vigilancia del regulador ante las situaciones de abuso de poder en los canales de distribución de perecederos.
Además, es necesario retomar la educación alimenticia. Esto pasa por dejar de confiar esa educación al comedor del colegio (¡que lo eduquen en el colegio! otra tendencia sociológica) y por hacer de cada comida en familia una fiesta de la variedad y de los productos frescos. Al fin y al cabo, un país mal alimentado es un pais poco productivo. Y cuanto menos productivos, menos prósperos, y cuanto menos prósperos, peor comeremos. Hay que romper el círculo vicioso y convertirlo en un círculo virtuoso en el que comiendo sano seremos más productivos, más sanos y esto nos permitirá comer aún mejor.
No entenderlo así nos llevará a una factura farmacéutica que hará que la actual (ya considerada exagerada) nos parecerá una minucia, pues son caros los medicamentos que tendremos que comprar para curar las enfermedades provocadas por una alimentación deficiente (no en cantidad sino en calidad) a lo largo de nuestras vidas.
pisto y nopisto
18.05.08 10:24:46, 