Arte e Vino: Vocal Jazz & Champagnes Pinot Noir 2002

Aunque pueda parecer que se nos ha tragado la tierra, a tenor de la frecuencia con la que actualizamos este blog, nada más lejos de la realidad. Seguimos enfrascados en mil proyectos, muchos de ellos relacionados con la gastronomía, y alguno tan divertido como la colaboración que hemos realizado con el Padrino Weirdo con quien hemos preparado una selección conjunta para su club de vinos consistente en juntar un CD de jazz vocal con tres botellas de champagne elaborado exclusivamente con pinot noir. Toda la información la podréis encontrar en la web de Weirdo.

La parte musical ha corrido a cargo nuestro para lo que hemos grabado un CD de edición limitada titulado It Don’t Mean a Thing If It Ain’t Got That Swing, una recopilación de temas de jazz vocal elaborado para la Famgilia Tragus. La selección procede exclusivamente de los discos de mi colección, en su mayor parte ediciones originales de los 60, por lo que en ocasiones se podrá escuchar algún pequeño ruidito que en nada empaña el sonido original y que, personalmente, creo que aporta a la grabación un agradable toque vintage. El leitmotiv del disco son las versiones vocales de temas clásicos del Jazz que espero disfruten, tanto los conocedores de los originales como los neófitos para los que, al ser cantados, resultarán más accesibles.

A continuación tenéis la play list para, si no podéis acceder al disco, por lo menos poder buscar los temas por esos programas de Dios.

MILESTONES. Mark Murphy
Here we go now… Milestones, los tonos de Miles, fue la primera incursión de Miles Davies en el Jazz modal abriendo con ello un nuevo camino que culminaría con el magistral Kind of Blue. Puede que Mark Murphy sea mi cantante favorito, de ahí la abundancia de temas suyos en este disco. La elegancia con la que toma la difícil pieza de Davies y la hace suya es uno de los argumentos que refuerzan esta preferencia.

SO WHAT. Eddie Jefferson
El tema que abre el ya mencionado Kind Of Blue se transforma en todo un foot stomper de la mano del gran Eddie Jefferson quien lo adopta y lleva a su terreno como si del mismo compositor se tratase.

THE SIDEWINDER. Woody Herman and the Herd
El tema de jazz más vendido de la historia, todo un cañonazo que puso a Lee Morgan en las listas de éxitos es transformándolo en lo más parecido a una pop star dentro del jazz, lamentablemente duró poco y apenas unos años después fallecería trágicamente. WoodyHerman fue, ante todo, un hombre de orquesta, su verdadera pasión, pero también un fino instrumentista que ejerció también como cantante, en un estilo lleno de humor.

TAKE FIVE. Carmen McRae and Dave Brubeck
Han pasado 40 años y Take Five sigue tan implacable como siempre, con su fascinante ritmo pegadizo y vacilón en 5×4. Dave Brubeck siempre fue acusado de ser un grandísimo pianista, muy técnico pero falto de swing. Quizá por ello supo retomar su gran tema con la ayuda de toda una gran dama que aporta todo el swing que le falta junto con la letra que compuso Lola, la esposa de Brubeck.

DAT DERE. Oscar Brown Jr
Oscar Brown Jr, uno de los más grandes intérpretes del Jazz de los 60, toma el clásico Dat Dere de Bobby Timmons, el ahora olvidado pianista y compositor de clásicos como Moanin, y lo transforma en una entrañable conversación entre un padre y su balbuceante hijo que empieza a señalar el mundo que le rodeá ….That There (lo cogéis)

LONESOME ROAD. Pat Bowie
Uno de los más famosos stardards de los años 20 perfectamente adaptado y actualizado por la semidesconocida Pat Bowie y la inestimable ayuda del saxofonista Charles McPherson. Toda una delicatesen.

GEORGE BENSON. A Foggy Day
El joven George Benson era todo un prodigio, un fino y elegante guitarrista que además contaba con una agradable voz que le garantizaban una tan prometedora como poco lucrativa carrera, por lo que pronto decidió abandonar el jazz en beneficio del crossover más comercial. En su primer álbum realizó esta encantadora versión del clásico de Gerswing que nos transporta directamente a un paseo por el Londres más neblinoso mientras lamentamos la pérdida de encanto del museo británico. Pero tranquilos porque al final brilla el sol.

KING PLEASURE. I’m In the Mood for Love
Al contrario de la mayoría de los temas de este CD que son adaptaciones vocales de clásicos del jazz esta es la versión original del famoso Moody’s Mood for love que hiciera famoso James Moody junto a Eddie Jefferson. En este caso es King Pleasure, uno de los grandes supervivientes del jive de los 40, se acompaña de Blossom Deary para construir una de las más bellas piezas de jazz vocal jamás escritas.

NOW IS THE TIME. Eddie Jefferson
Uno de los temas más clásicos y reconocibles del Be Bop convertido en todo un homenaje a su creador Charlie Parker de la mano de Eddie Jefferson y su inseparable James Moody que, si bien no llegan a las cotas de velocidad de Bird, si que le aportan un toque más accesible para los profanos del bop.

ON THE RED CLAY. Mark Murphy
Aunque su época de apogeo fueron los 60, durante los 70 Mark Murphy siguió publicando en el pequeño sello Muse, aportando preciosas adaptaciones de algunos de los nuevos temas que grandes como Freedie Hubbard seguían componiendo ante la incomprensión del gran público que cada vez se alejaba más del Jazz.

MY FAVOURITE THINGS. Al Jarreau
Un guiño a nuestro Padrino, confeso admirador de Jarreau quien convierte una ñoñada de tema procedente del musical Sonrisas y lágrimas en un reconocible standard del mejor jazz vocal. Aunque sin llegar a los límites de originalidad de la versión que hizo el gran Coltrane.

MOONDANCE. Grady Tate
Una de las más grandes canciones de Van Morrison trasladado y sublimado al jazz más bailable y elegante por uno de los más finos estilistas del género. Inmarcesible.

THE GIRL FROM IPANEMA. Lou Rawls
Antes de saborear el éxito en Philadelphia, de la mano de los productores Gumble and Huff, Lou Rawls fue un elegante crooner que llenaba de soul y blues temas tan dispares como esta, deliciosamente chulesca, Garota de Ipanema que interpreta ante la complicidad de un público rendido a sus encantos.

THE DUCK. John Hendricks
La bossanova llegó a mediados de los 60 a los USA y se convirtió en un fenómeno del que prácticamente ningún artista pudo escapar. No todas las adaptaciones fueron grandes pero siempre había finos estilistas como John Hendricks que sabían hacer suyos y salir airosos de temas tan complejos como el vacilón O Pato originario de Joao Gilberto.

DO IT THE HARD WAY. Chet Baker
Uno de los temas más reconocibles de la faceta más comercial de Chet Baker en la que si bien no brillaba tanto como en la de trompetista, su limitada voz poseía una personalidad y encanto que convertía un defecto en virtud.

FEELING GOOD. Frank Cunimondo Trio feat Lynn Marino
Lynn Marino es otra lánguida y meliflua cantante de voz gatuna que apenas pasó sin pena ni gloria pero que sorprendentemente convierte en algo mágico esta versión del inmortal feeling good.

SUNNY. James Brown
Poca gente conoce la faceta jazzistíca de James Brown, que en realidad es casi tán prolífica como su discografía Soul. En esta ocasión el padrino del Soul le aporta un toque funky al elegante Dee Felice Trio con la impagable aportación de Marva Whitney.

IT’S LIKE LOVE. Mark Murphy
Elegancia, swing y saveur fair se juntan en este inmortal It’s Like Love donde el genio de Murphy establece un paralelismo del primer acercamiento galante con el primer sorbo de un very lovely wine… Como para no sucumbir.

COTTON TAIL. Ella Fitzgerald and Duke Ellington
La gran Ella, reina indiscutible del scatt, al final de su carrera no poseía la fuerza de los primeros tiempos, pero no había perdido un ápice de clase como demuestra en esta adaptación de un clásico de los 40 junto a su compositor, el gran Duke Ellington.

IT DON’T MEAN A THING IF YOU AIN’T GOT THAT SWING. Dianne Schuur
Una de las más avezadas discípulas de Fitzgerald retoma, transforma y triunfa con esta genial adaptación del clásico de Ellington y es que realmente no valéis nada si no habéis llegado al final de este CD sin haber agarrado el swing.

Vino y Música: Obsesiones y pasiones compartidas.

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Aunque alguna vez haya aparecido alguna referencia generalmente de forma tangencial no es que me haya prodigado mucho en pistoYnopisto sobre la música y el coleccionismo discográfico, las otras pasiones de quien esto suscribe. A lo largo de estos años asistiendo a catas y visitando bodegas he podido constatar la cantidad de personas provenientes del mundo de la música (especialmente disqueros y promotores) que han acabado en el mundo del vino. He participado incluso en catas de vinos y discos, y me he reencontrado con antiguos colegas de correrías musicales y no solo en España. Dándole vueltas a la idea recordé que hace años Manuel Camblor comentó el decálogo que su amigo Tony Fletcher había elaborado sobre las similitudes entre los coleccionistas de discos y los de vino. Y dándole vueltas al asunto he decidido traducirlo y adaptarlo con algunas anotaciones de mi cosecha.

No espero que lo entendáis. Y menos ahora con la crisis de la industria de la música y la progresiva desaparición de los soportes musicales. Pero no por ello voy a dejar de hablaros y practicar mis aficiones.

1-Pasión por las etiquetas
La galleta de un disco y la etiqueta de un vino son, en esencia, simples hojas de papel adheridas a un producto del que proporcionan una información. Pero en realidad son mucho más que eso. Las grandes casas de discos como Motown, Blue Note, Stiff o Elenco tienen unos logos distintivos que actúan como marchamo de calidad que animan a los coleccionistas a comprar cualquier disco que posea alguno de esos distintivos. Con los vinos ocurre exactamente lo mismo. Cualquier loco del vino es capaz de identificar una botella del Domaine de la Romanee Conti, de Guigal o del Equipo Navazos de entre la infinita pléyade de botellas que pueblan los anaqueles de una tienda de vinos.

2-Pasión por los productores
Del mismo modo que los melómanos se podrían pasar horas debatiendo las tácticas y técnicas del muro de sonido de Phil Spector o la brillantez que conseguía Rudy Van Gelder los enómanos rápidamente superan la etiqueta y la añada para hablar del enólogo o la escuela que hay detrás de cada botella. De hecho, Mariano García o Michel Rolland son tanto o más autores de sus vinos que las propias uvas o el terruño del que proceden. Los productores de vinos más fanáticos son capaces de arriesgarse hasta límites insospechados; una botella de recién abierta de La Coulee de Serrant de Nicolas Joly puede ser tan desconcertante como la última producción de Ibon Errazkin. Difíciles de disfrutar recién salidas, pero altamente gratificantes si se dejan reposar durante una década.

3-Elitismo.
Hay que admitirlo, una de las razones por las que empezamos a coleccionar cromos, comics, sellos, discos o vino es para poder decir a tus amigos “Yo tengo este y tú no”. La Sensación de superioridad es un instinto natural humano (bueno, masculino) y es inútil combatirlo. Y no hay un solo coleccionista de discos que no se haya comprado algo porque tiene un número limitado de copias escrito en la solapa. Lo mismo que los coleccionistas de vino son unos fanáticos de las producciones limitadas.

4-Conocimiento de causa.
Mola tener un disco raro de un buen grupo, pero mola mucho más tener un buen disco raro de una Buena banda. Del mismo modo una cosa es tener una botella rara de un buen productor, pero es mucho mejor si encima esa botella es de una buena añada. Así, tener los discos de instrumentales de James Brown en Smash está bien, pero es mucho mejor tener una copia del single original mono del Night Train, que además es un clásico.
De la misma forma que está bien tener todas las ediciones de La Bota De… del equipo Navazos, pero mola más tener todas las Botas No.

5-Invertir en la propia obsesión.
Más de un coleccionista se ha gastado el dinero de la hipoteca en esa copia original de Pedro Ruy Blas y Dolores creyendo que siempre la podría revender por un pastón. Lo mismo que los coleccionistas de vino se obsesionan almacenando cajas de vino hasta su momento óptimo de consumo con la convicción de que lo podrán revender más adelante obteniendo pingues beneficios, aunque en el fondo sepan que ganarían mucho más si lo invirtiesen en bonos del tesoro. Además envejecer vino requiere buenas condiciones de almacenamiento que hace que se encarezca a más del doble la inversión por no contar el trabajo, estudio y paciencia que hace falta. Pero lo que hace subir la adrenalina ludópata de los coleccionistas es la certeza de apostar por un caballo ganador. Aunque la parte mala es que a veces estás pagando demasiado por tu hobby.

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6-El encanto de un chollo.
Los coleccionistas de discos pasan fines de semana completos en mercadillos o ferias de coleccionismo así como la mitad de las vacaciones encerrados en polvorientas tiendas de segunda mano con la espera de encontrar una polvorienta, pero regalada, copia del disco de Vainica Doble en Opalo. Del mismo modo los locos del vino recorren todas las bodegas de los más remotos pueblos para ver si encuentran alguna botella bien conservada de Marqués de Riscal Cuvée Médoc. Además los enómanos saben que hay cientos de grandes vinos que cuestan menos 10€. Cuando veo alguno de estos por debajo de su precio me cuesta no llevarme todas la existencias, aunque sea para regalarlas a los familias y que me den sirvan algo bebible cuando voy a comer a sus casas.

7-Prestar demasiada atención a los críticos.
Si piensas que los fans de la música prestan mucha atención a las críticas de discos es porque no conoces el mundo del vino. Existen muchas menos publicaciones q en el mundo de la música lo que hace que los pocos que hay tengan muchísimo poder. Una buena crítica del Wine Advocate o del Wine Spectator no solo hace que los lectores vayan corriendo a las tiendas, sino que hace que los precios suban, e incluso en los anaqueles aparezcan las dichosas etiquetas de 98 Puntos Parker. Lo curioso es que en ambos mundillos los aficionados presumen de no escuchar a los prescriptores mientras que en los foros cibernéticos revelan justamente lo contrario.

8-La necesidad de accesorios.
Lo melómanos se gastan auténticas fortunas en agujas, amplificadores, pantallas de sonido, cables de altavoces e incluso estanterías a medida para guardar los discos. Del mismo modo que los aficionados al vino compran neveras de temperatura y humedad controlada, cuando no se construyen su propia bodega, copas de imposibles formas para cada variedad de uva o innumerables sacacorchos y decantadores.

9-La tentación de acumular.
Conozco a más de un coleccionista de discográfico que se ha comprado una copia perfecta y sellada de algún clásico. ¿Creéis que lo va a abrir y escuchar? No, eso devaluaría el disco. Con el vino es mucho peor. Existen millonarios que gastan fortunas en subastas de fantásticos vinos de origen certificado solo para guardarlos unos años y después revenderlos obteniendo su consiguiente beneficio. Estos acaparadores pertenecen a la misma calaña que los reventas de entradas o los especuladores inmobiliarios y como tales deben ser tratados con el mismo desdén.

Afortunadamente hay suficientes personas que aman su hobby por lo que es y lo que más les satisface es compartirlo.

10-El placer hedonista de la emoción.
No hay nada en el mundo como poner todos tus sentidos en algo bello. Aunque lo que apetezca sea escuhar algo ligero o beber un vino sencillo o abrir una gran botella suficientemente madura y escuchar un clásico, la música y el vino no solo tocan la fibra como pocas cosas en este mundo, sino que juntas hacen la pareja perfecta.

…Y una más de mi cosecha.

11-El placer de hablar de ello.

Probablemente me haya pasado más de media vida encerrado en tiendas de discos o en vinotecas discutiendo con el disquero o el sumiller sobre música y/o vinos. Por no hablar de las veladas en casas de amigos alrededor de innumerables botellas y montañas de vinilos. Solo por esos momentos merece la pena tener una obsesión.

Nopisto obsesivo.

Nota: antes de escribir este artículo me puse en contactro con Tony Fletcher para solicitar su permiso para reproducir su artículo, aunque no obtuve respuesta alguna.

Burdeos: Fiebre 2005

En octubre de 2004, Robert Parker publicó una columna en el semanario la revista Food and Wine, en la que realizó doce predicciones sobre el futuro a medio plazo del panorama vinícola mundial. Pues bien, la tercera de esas predicciones, titulada “World bidding wars will begin for top wines” rezaba así:

La competencia por obtener los mejores vinos del mundo crecerá exponencialmente y los vinos de producción más limitada serán cada vez más caros y más difíciles de conseguir. El mayor interés por el buen vino en Asia, Sudamérica y Europa Central y del Este, así como Rusia, incrementarán aún más esta tendencia. Habrá auténticas batallas en las casas de subastas por los vinos más admirados y, no importa cuán desproporcionados nos parezcan hoy sus precios, representan sólo una fracción de lo que serán en el futuro. Si los estadounidenses se escandalizan cuando el precio de un gran Burdeos (USD 4000 la caja de 12 botellas), dentro de diez años una caja de una gran añada de un gran Burdeos costará más de USD 10.000… por lo menos. El razonamiento es simple. La oferta de estos grandes vinos es limitada, y la demanda se multiplicará por diez.

Apenas año y medio después, la profecía está a punto de cumplirse. El alborozo de los bordeleses ante las magníficas condiciones climatológicas de la cosecha 2005 se ha visto confirmada tras las degustaciones realizadas en primeur el pasado mes de abril (aquíse pueden consultar gratuítamente todas las notas de cata y puntuaciones de algunos de los más conocidos críticos).

Los negociants (mayoristas que tienen el privilegio de comprar el vino a las bodegas) han puesto la maquinaria publicitaria a funcionar y los vinos, aún con la crianza en barrica en sus inicios han empezado a salir al mercado en “versión futuro” (pagas hoy y recibes el vino en 2008). A fecha de hoy, 21 de junio de 2006, el incremento promedio del precio es de un 70% sobre los precios de 2004 y los vinos mejor calificados (y otros que no tanto) han multiplicado sus precios hasta por tres (Cos d’Estournel 2005 ha salido al mercado al triple del precio que el 2000) o por dos (La Mondotte a 304 euros por botella, Pavie a 270 euros, Pape Clement a 126 euros…). Se pueden consultar los precios de los vinos que van siendo ofertados día a día en la página de Bordoverview, aunque los bordófilos deberán hacerlo mientras están sentados.

Mientras tanto, en el foro de eRobertparker, hay un hilo en el que se han posteado más de 1.400 mensajes y que ha recibido más de 45.000 lecturas. En él se debate sobre la locura de estos precios y la traición que suponen a los bordófilos de siempre. Hay quien vaticina que la burbuja se desinflará y hay quien dice que si no te gusta el precio nadie te obliga a comprar. Como se vé, hay opiniones y posturas para todos los gustos.

Lo que está claro es que los grandes vinos ya no cotizan en el mercado como alimentos, o por su capacidad de provocar placer a los más hedonistas. Hoy en día, los grandes Burdeos de grandes añadas son objeto de inversión por parte de fondos financieros que compran con la expectativa de su revalorización futura a niveles superiores a los de las alternativas de inversión en los mercados “tradicionales”. Nada nuevo, los franceses en tiempos no muy lejanos compraban un par de cajas de estos vinos con la idea de vender una de ellas para financiar la posibilidad de beber la otra. Al fin y al cabo, para que los precios de los Burdeos del 2005 nos parezcan baratos, lo único que hace falta es otra grandísima cosecha en los próximos cinco años. De hecho, esta misma situación la vivimos hace cinco años con la añada 2000 y hoy los precios del 2000 nos parecen baratos teniendo en cuenta lo que nos piden por los 2005. Y, de hecho, las bodegas son conscientes de que una gran cosecha ayuda, y mucho, a vender las anteriores porque los precios parecen más razonables al cambiar el precio de referencia.

Por cierto, el que no tenga 5000 euros para comprar una caja de Latour 2005 debería visitar este enlace. Si la bodega pone al servicio del vino la misma creatividad que al servicio de su política de comunicación, el éxito está asegurado.

pisto

1976 -2006: El Juicio de París

Ayer (24 de mayo) se cumplieron treinta años del Juicio de París, un evento organizado por Steven Spurrier para comparar la calidad relativa de los vinos franceses y los californianos. Spurrier, un joven británico dueño de una tienda de vinos en París, se dedicaba a satisfacer las necesidades de sus compatriotas, poco sospechosos por aquel entonces de preferir los vinos del nuevo mundo. Así que, aunque en aquel evento del 24 de mayo de 1976 las comparaciones fueran realizadas mediante una cata doble-ciega (los catadores no sabían que vinos se iban a catar ni veían las botellas durante el servicio), parecía claro que se esperaba una victoria de los vinos franceses.

Cuando unas horas más tarde se sumaron las cartulinas de puntuación de todos los jueces invitados, un sentimiento de sorpresa se adueñó de los presentes). En la categoría de vinos blancos, en la que se había enfrentado a chardonnays de Borgoña y de California había arrojado como mejor vino al californiano Chateau Montelena 1973, colocando a tres californianos entre los cinco primeros.

Y cuando se sumaron las cartulinas para los vinos tintos, que enfrentaban a cabernets de California con las más ilustres propiedades bordelesas, la sorpresa se tornó pánico. Los jueces, de forma colegiada, habían preferido un Stags Leap Wine Cellars 1973 por encima de Haut Brion 1970, Montrose 1970, Mouton-Rothschild 1970 o Leoville Las Cases 1970.

Cuenta la prensa que algunos de los jueces participantes en el evento intentaron recuperar sus cartulinas de puntuación (sin lograrlo), quizá un poco decepcionados con su propia capacidad de distinguir las cualidades de los vinos-de-siempre de aquellos recién-llegados.

En aquél entonces no existía internet y la difusión de las noticias era más lenta que hoy en día. Hubo que esperar hasta el 7 de junio para que la revista TIME publicara unos escuetos cuatro párrafos sobre el evento.

Han pasado treinta años desde aquel 24 de mayo de 1976, se ha escrito un libro sobre el evento, y el panorama vinícola ha cambiado muchísimo. Hoy se hacen vinos magníficos en muchos lugares del mundo, y los vinos franceses, españoles e italianos tienen que competir en condiciones cada vez más duras con la competencia de países como Chile o Australia, algo impensable en 1976. Los bordeleses cada vez tienen más problemas para vender sus vinos de gama media y baja (que son el 95% del vino bordelés), aunque los grandes nombres no tienen problema alguno y siguen cotizando entre los vinos más caros del mundo.

Pero hay cosas que no han cambiado tanto. Ayer mismo se re-editó la cata del juicio de París con los mismos vinos tintos de 1976. Y, ¿saben qué pasó? Pues que de los diez vinos a concurso, los cinco primeros han sido californianos. La cata se realizó simultáneamente en Londres y California, y las sumas de las puntuaciones de los jueces de ambas catas han arrojado vencedor al Ridge Montebello 1971, el vino que Paul Draper hace siguiendo el modelo bordelés (cabernet y merlot) en California. Hay que esperar al sexto puesto en el ranking para encontrar el primer vino francés (Mouton-Rothschild 1970).

Quienes acusaban a Steven Spurrier de manipular los resultados del primer juicio de París, tendrán ahora que callar. Eso sí, Spurrier ha tenido que esperar 30 años para que una segunda cata le diera la razón.

Más información:

The story behind the story that made wine history
The Re-Judgment Of Paris Results In California Landslide

pisto

Tribulaciones por Burdeos… (9)

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Estábamos en Cheval Blanc, adonde habiamos llegado con un cierto retraso y, tras visitar la propiedad y catar el Grand Vin del 2001, nos largamos en pos de La Conseillante. La primera sorpresa llega cuando, al minuto de entrar en el parking de gravilla frente a la entrada principal de la propiedad, vemos salir a un tipo mayor, elegantemente ataviado al estilo inglés (gorra, chaqueta de buen paño y bufanda Burberry’s) que se dirige directamente hacia nosotros.

El tipo resulta ser el mayor de la saga Nicolás, propietarios de la bodega. Nos da una cordial bienvenida y tras él aparecen su hijo, de mediana edad, y su nieto, aún imberbe.
Comienzan a explicarnos las peculiaridades de sus doce hectáreas de terreno, a medio camino entre el suelo arcilloso de Petrus y el de grava de Cheval Blanc. Nos muestran la sala de depósitos de acero inoxidable y nos indican cómo hacen una primera selección de racimos en las cajas de vendimia y una segunda de granos a cargo de diez personas.

En La Conseillante no se preocuparon tanto de mostrarnos la bodega como de darnos a probar sus vinos. Tuvimos la fortuna de probar dos añadas separadas por unos cuantos años de diferencia:

La Conseillante 2003: rojo cereza de capa media, nariz inicial a violetas, pimienta, fruta madura limpia, se abre a tabaco fino, cedro. Una nariz muy limpia. En boca los taninos son finos, sedosos, muestra un excelente equilibrio y un final estupendo a nuez moscada.

La Conseillante 1998: rojo cereza de capa media con ribete cereza. Inicialmente intenso, elegante, con notas de reducción (animales) flores secas en bouquet, especiados (pimienta) fruta roja madura en sazón y ahumados (carne ahumada). Boca con taninos resueltos, excelente acidez que limpia la boca. En el postgusto se agarran un poco los taninos.

Sinceramente, se trataba de uno de los mejores merlots que habíamos probado nunca. Tremendamente complejo, especiado, elegante. Un verdadero vino de ensueño, si bien en una clave un poco más rústica que los vinos de Pauillac.

Eran poco más de las once y no teníamos nuestra siguiente visita planeada hasta las tres de la tarde, así que nos dirigimos a Saint Emilion, pueblucu que ostenta el rango de Patrimonio de la Humanidad, a darnos una vuelta y comer. Lo primero que tuvimos que hacer, eso sí, es buscar un lugar para tomar un café, pues nuestra traductora tenía una necesidad imperiosa que satisfacer.

La meada nos vino a salir por unos 10 euros, más o menos lo habitual en Francia por cuatro cafés. Ya que nos iban a sablear, aprovechamos todos para pasar por los servicios, aunque alguno –que supera la talla estándar (en altura, se entiende)- tuvo que mear desde más allá de la puerta.

Llama la atención Saint Emilion por la cantidad de tiendas de vino, pues en todo el Medoc no hay demasiadas que digamos. Entramos en una, bien surtida y con precios razonables, donde entablamos conversación con su propietario. Mis dos acompañantes le pidieron información sobre la posibilidad de enviar vinos a España y el tipo desapareció en el sótano para regresar con un listado.

Buscamos un sitio para comer y encontramos un lugar pintoresco, bastante centrado en el vino, donde terminamos con la gazuza con un buen menú a 15 euros acompañado de una botelluca de vino. Como aún nos sobraba tiempo tras la comida, y visto que no habíamos logrado visitar Petrus, nos dio por coger los coches e ir hacia la propiedad, aunque sólo fuera por hacernos una foto. Gastón se fue con Martine mientras Ricard y yo nos íbamos juntos. La kamikaze francesa enseguida nos despistó, así que nos pusimos a buscar Petrus como locos. No fue fácil. Dimos un buen montón de vueltas y, cuando pensábamos que ya lo habíamos encontrado, resultó ser La Fleur Petrus. Vuelta al coche y, de nuevo, a perdernos por las carreteras comarcales de Pomerol y Saint Emilion.

Cuando ya lo dábamos por perdido, paramos en un caserón casi en ruinas y le preguntamos a un albañil que estaba levantando una pared. Ricard puso voz de nenuco y dijo: “¿dondé está petgúss?”, a lo que el albañil respondió: “Icí”. Cojones, estábamos delante de Petrus. En realidad detrás, así que aparcamos en una zona reservada aunque desierta y nos hicimos unas fotos en las viñas y con la chabola al fondo. Varias cosas sorprenden de la propiedad. Lo primero, la chabola, realmente indigna de los precios que se pagan por el vino. Lo segundo, el grosor de las cepas, como muslos. Y, en tercer lugar, que aquello es un barrizal que, a las dos y media de la tarde de un día soleado estaba bastante encharcado.

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Montamos en el coche y llamamos a Gastón que, por cierto, estaba bastante desesperado con la conducción de Martine, aparte de perdido en las mismas comarcales en las que estábamos nosotros. ¿Se imaginan un vodevil? Pues eso éramos nosotros, dos coches de un lado a otro, unos buscando Petrus y otros Angelus.

Nuestra gran fortuna fue que, cuando ya estábamos a punto de vencernos, nos detuvimos en una intersección donde estaba trabajando una máquina excavadora. Ricard volvió a poner voz de nenuco y le preguntó: “¿Cható Anyeluuuu, silvuplé?”. El tipo se baja de la excavadora y cuando pensábamos que nos iba a dar de hostias reconvenir por destrozar el idioma, se pone a darnos todo tipo de explicaciones. Que si primero a gauche, que si luego a droite, que si un semáforo, que si un árbol. Solo-í faltó hacenos un mapa.

En un pis-pas, nos pusimos en Angelus…

pisto

INDICE DE CAPITULOS:
Capítulo 1: El viaje
Capítulo 2: Lafite Rothschild
Capítulo 3: Chateau Latour
Capítulo 4: Mouton Rothschild
Capítulo 5: Cos d’Estournel
Capítulo 6: Leoville Barton
Capítulo 7: Chateau Margaux
Capítulo 8: Chateau Cheval Blanc
Capítulo 9: La Conseillante